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Y cada vez que me doy cuenta de que te necesito, busco la cafetería más cercana, un cuento de bolsillo y una cajetilla a medio terminar.
Entro, examino el lugar y me siento en la mesa que sé tú elegirías. Una vez inspeccionado el fondo de tus ojos me siento a tu costado, cruzo las piernas y quito las migajas de tus palabras que han quedo en la mesa.
Amablemente el mesero se acerca y, antes de que me proporcione la carta de tus amores baratos… le encargo una taza de café negro condimentado con un poco de locura ácida, aroma a tardes de neblina y el típico humor amargo de tu risa.
Lo primero que me dispongo a hacer es sacar el libro, colocarlo frente a ti y elegir la página que ayer olvidamos.
La cajetilla la acomodo a mi lado izquierdo por eso de las preferencias políticas que en estos tiempos azotan las paredes de tu cabeza, sí… ahí, abajo y a la izquierda, en donde siempre nos colocamos y discutimos lo vacío de nuestro fondo monetario.
Una vez llegada la taza de café elijo endulzarla con los restos de tus cabellos mascabados que alegremente se revuelven con el vals de mi cuchara. Y por eso de las ocurrencias sueltas y las casualidades provocadas, saco esa pequeña libreta de hojas amarillas que me regalaste… la coloco a mi derecha como algún día el padre colocó al hijo.
Por su puesto, la taza de café la coloco frente a mí, ya sabes que de repente se convierte en mi caldero mágico en donde los conjuros y pócimas malditas surgen efecto al chistar el encendedor que quema mi cigarro.
Ambos sabemos que éste es mi ritual de cortejo, en donde saboreo sorbo a sorbo la candidez de tu compañía.
Mientras las páginas de nuestro libro van avanzando, con pasos cortos toco tu mano, entrecruzo mis anhelos y voy avanzando poco a poco hasta tomarte por el cuello.
Uno, dos, tres… botones que saltan como chispas incendiarias que dejan al descubierto el éxtasis de tu locura.
Inhalo un poco de ése dulce néctar que recorre con elasticidad tu piel y con mis poros me doy a la tarea de absorber los rezos y plegarias que tus labios dejan escurrir.
Una vez encontrada la manzana, la inyecto de veneno, le entierro los colmillos y te mato el corazón.
Mi nariz va hundiéndose en tus súplicas y mis piernas se entrecruzan con tu cuerpo.
Me sueltas los cabellos, tus manos acogen con suavidad mis senos y te sumerges en la entraña, en el engranaje para el cual están hechos nuestros cuerpos. Con la mirada fija en mi cintura te aferras a mis voces, botas el cigarro que quemaba nuestro aullido, explotas por dentro… gimes sin sufrimiento, te envuelves en mi cuerpo.
Todo se nubla, has perdido el cielo y el infierno, nos sumergimos en la ensoñación, me dices al oído: Creo en el sueño eterno, en el paraíso después de muerto… pero tú… tú quemas como infierno.
Abres los ojos, abres el libro, dibujo un barquito en la pared, me subo en él. Me voy, te digo adiós. Te envió besos y prometo enviarte una postal.
Ha comenzado a llover. Cierras el libro. Guardas la cajetilla vacía, la pluma y la libreta. Te vas de la cafetería. El libro… el libro se ha quedado en la mesa.
Lamec 2007 |